Mi recuerdo dejó de ser de mío en el preciso instante en que todo
terminó, ahora lo tienes tú, dices ser la dueña y yo con los brazos atados veo
como lo ajustas a tu antojo de manera arbitraria poniéndole los harapos que mejor
te parecen.
Lo vistes de melancolía al recordar aquella lluvia de
gotas grandes con que caminábamos juntos
en aquella noche de marzo, de momentos gratos bajo aquella luna que observaba la
sombra de mis dedos deslizarse por todo tú ser, de tristeza en aquella tarde de
verano en que destrocé mi garganta al dejar salir ese nudo que decía ya no
amarte.
Ahora soy un hombre que es tan pobre que ni es dueño de su propio
recuerdo, para ti nunca seré yo, si no el recuerdo que tu hiciste de mi, juega
con él, vístelo a tu acomodo, desjareta lo bueno, embriágate con lo malo, lo único
cierto es que mientras yo vivo en la miseria de un hombre desdichado que no es dueño ni de las huellas
que ha dejado en tu camino, tú cargarás con el peso de mi recuerdo en tu memoria
por siempre.
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