Si por mis venas corriera petróleo, mi corazón seria una bomba Texaco, mis manos alcancías y mi cerebro seguro sería Bush.
Pisaría sobre países bajos, orinaría tecnología, defecaría tercermundistas, me limpiaría con dólares y escribiría cartas de amor sobre pulcros euros.
Comería monedas, bebería gasolina y me trabaría con marihuana. Expulsaría balas por mí boca, eructaría muertos y transpiraría poder.
Viviría en un mundo sin mañana, en un presente sin futuro, en un egocentrismo total. Simplemente viviría muerto…
-Inspirado en George W Bush-
Mi ego se ha adormecido, tengo que aprovechar su liviano sueño para escribir sin prepotencia. Tengo que besar los pies del Creador antes de sentir ganas de limpiarme los labios. Tengo que recordar que me amo antes de seguir viviendo. Tengo que caminar con humildad para así encontrar a quien en realidad busco.
lunes, 17 de noviembre de 2008
lunes, 10 de noviembre de 2008
ESE FATÍDICO DÍA
El Tiempo murió esperando el fallo que le brindara la oportunidad de operarse, murió esperando que se adelantara el atraso producido por el paro judicial, murió sin montarse al Transmetro, el Tiempo murió incumpliéndole la cita a dios; sabiendo la respuesta que Julianita ahora Juliana esperaba, murió por la ineptitud del Seguro Social, murió por la lentitud de la justicia, murió ese fatídico 5 de diciembre a las 11:45 de la mañana de un paro cardiaco.
“Te habías dado cuenta que cuando tienes los brazos estirados con las manos abiertas y luego acercas una, esa se ve mas grande que la otra”, le preguntó la pequeña Julianita a dios. Él; estaba sin camisa recostado en un viejo árbol de áspera corteza rascándose la espalda, en ese momento, mira a la diminuta niña, luego de unos segundos se saca un palillo que tenía en la boca y le dice: “Sabes, tienes toda razón no lo había notado, extraño ¿no crees?, la verdad nunca me lo había preguntado”. Julianita deja de jugar con sus manos y se dirige al mismo árbol donde esta dios calmando su comezón, lo mira a los ojos y le pregunta: “Pero si no sabes tu, entonces ¿quién sabe? dios con serenidad, sigue concentrado en el lento movimiento que ha de aliviar su rasquiña, de pronto se detiene y responde:”Pues no sé, pensemos. Para contestar una pregunta se necesita conocimiento, y mucho conocimiento es sabiduría. Para llegar a ser sabio se necesita tiempo, ¡él debe saber la respuesta!,” Julianita no entendió las palabras del creador y antes que pudiera pedirle una explicación, este continuó hablando: “El Tiempo es como mi hermano, el debe saber la respuesta”. En ese instante el todo poderoso saca un celular de su ajetreado jean y se dispone a llamar a su viejo amigo.
El Tiempo se encontraba desesperado, había subido de peso muy rápidamente por culpa del estrés que le producía su trabajo, por este motivo tenía “entutelado” al Seguro Social, ya que este, no creía necesaria la intervención quirúrgica que lo libraría de esos kilos de mas; sin el bypass gástrico el Tiempo estaba condenado a la muerte. Hoy se encontraba en el consultorio de su abogado preparando los papeles necesarios, este quedaba exactamente en un edificio de oficinas en pleno Paseo Bolívar, para ser precisos al lado del edificio de la Caja Agraria. Había llegado tarde a la cita por culpa de las obras del Transmetro pues estas atascaron el tráfico vehicular, así que el bus en que se movilizaba se atrasó. El tinterillo de poco pelo de su abogado estaba histérico por haberlo hecho esperar, no dejaba de recriminarle: “Esto es el colmo, el Tiempo llegando tarde, já, que ironía”. En ese preciso momento, suena su celular, “Hola, como va todo ¿bien?-. Si, ¿dime cuál es la duda?, ya entiendo, sé la respuesta pero la verdad no creo que pueda explicarte por teléfono y además ahora no tengo tiempo, si quieres cuando salga de todo esto voy y te aclaro tu inquietud”.
“Llamadas, llamadas, llamadas” gritaba en medio de la 72, aquel hombre de chaleco amarillo, el mismo que en su mano derecha sostenía un letrero que decía en grande: “Hoy es día tigo”. Este año había pasado vertiginosamente, ya era 5 de diciembre, un día normal como todos para el mencionado sujeto. Como de costumbre esquivaba a los carros que le pasaban alrededor, recordando sus épocas de payaso en las corralejas del 20 de enero. Estaba contento pues ya casi era hora de almuerzo, más o menos las 11:45 de la mañana; el reloj castigaba con la hora más tediosa y el sol insoportable no perdonaba a ningún cristiano que transitara sin protección, el rugir del estómago hacían que el vendedor de minutos no viera la hora de que fueran las doce para ir a almorzar, pero eso nunca ocurrió. Pasó mucho tiempo y el reloj seguía sin mover sus manecillas, cansado el hombre que vivía de venderle minutos a la gente decidió empezar a preguntar la hora, pero todos, le decían lo mismo: “Son las 11:45 mi brother”.
Desde el 5 de diciembre a las 11:45 de la mañana se habían desatado una serie de situaciones:
Uribe celebró, se había cumplido la hecatombe que lo haría permanecer en el poder, Chávez todavía está de fiesta pero no invitó a Uribe, los enfermos terminales siguieron con sus vidas y es normal verlos en Carrefour haciendo mercado, por su parte, los condenados a muerte viven esperando que el reloj nunca más vuelva a caminar. Por siempre siguió siendo de día y la misma hora, los niños ya no tenían que irse a acostar, así que jugaban hasta caer del cansancio, ya no había inseguridad debido a que no existían rincones oscuros, también las prostitutas abandonaron su trabajo nocturno y se hicieron ricas chantajeando a sus antiguos clientes a cambio de no revelar sus nombres.
No todos celebraron, ese mismo día Alberto Santofimio esperaba salir libre a las 12 Pm, un día después de haber sido declarado inocente, pero como el reloj se detuvo a las 11:45, esos 15 minutos se convirtieron en su cadena perpetua. El hombre de chaleco amarillo abandonó su empleo pues los minutos no pasaban así que no podía cobrar las llamadas, tiempo después emprendió un viaje hasta la Torre del Reloj en Cartagena, ya que había recordado que su padre le decía de niño que ese era el único reloj que no se atrasaba, pero al llegar y mirar la hora dijo entre dientes: “mi papá era un mentiroso”.
“Te habías dado cuenta que cuando tienes los brazos estirados con las manos abiertas y luego acercas una, esa se ve mas grande que la otra”, le preguntó la pequeña Julianita a dios. Él; estaba sin camisa recostado en un viejo árbol de áspera corteza rascándose la espalda, en ese momento, mira a la diminuta niña, luego de unos segundos se saca un palillo que tenía en la boca y le dice: “Sabes, tienes toda razón no lo había notado, extraño ¿no crees?, la verdad nunca me lo había preguntado”. Julianita deja de jugar con sus manos y se dirige al mismo árbol donde esta dios calmando su comezón, lo mira a los ojos y le pregunta: “Pero si no sabes tu, entonces ¿quién sabe? dios con serenidad, sigue concentrado en el lento movimiento que ha de aliviar su rasquiña, de pronto se detiene y responde:”Pues no sé, pensemos. Para contestar una pregunta se necesita conocimiento, y mucho conocimiento es sabiduría. Para llegar a ser sabio se necesita tiempo, ¡él debe saber la respuesta!,” Julianita no entendió las palabras del creador y antes que pudiera pedirle una explicación, este continuó hablando: “El Tiempo es como mi hermano, el debe saber la respuesta”. En ese instante el todo poderoso saca un celular de su ajetreado jean y se dispone a llamar a su viejo amigo.
El Tiempo se encontraba desesperado, había subido de peso muy rápidamente por culpa del estrés que le producía su trabajo, por este motivo tenía “entutelado” al Seguro Social, ya que este, no creía necesaria la intervención quirúrgica que lo libraría de esos kilos de mas; sin el bypass gástrico el Tiempo estaba condenado a la muerte. Hoy se encontraba en el consultorio de su abogado preparando los papeles necesarios, este quedaba exactamente en un edificio de oficinas en pleno Paseo Bolívar, para ser precisos al lado del edificio de la Caja Agraria. Había llegado tarde a la cita por culpa de las obras del Transmetro pues estas atascaron el tráfico vehicular, así que el bus en que se movilizaba se atrasó. El tinterillo de poco pelo de su abogado estaba histérico por haberlo hecho esperar, no dejaba de recriminarle: “Esto es el colmo, el Tiempo llegando tarde, já, que ironía”. En ese preciso momento, suena su celular, “Hola, como va todo ¿bien?-. Si, ¿dime cuál es la duda?, ya entiendo, sé la respuesta pero la verdad no creo que pueda explicarte por teléfono y además ahora no tengo tiempo, si quieres cuando salga de todo esto voy y te aclaro tu inquietud”.
“Llamadas, llamadas, llamadas” gritaba en medio de la 72, aquel hombre de chaleco amarillo, el mismo que en su mano derecha sostenía un letrero que decía en grande: “Hoy es día tigo”. Este año había pasado vertiginosamente, ya era 5 de diciembre, un día normal como todos para el mencionado sujeto. Como de costumbre esquivaba a los carros que le pasaban alrededor, recordando sus épocas de payaso en las corralejas del 20 de enero. Estaba contento pues ya casi era hora de almuerzo, más o menos las 11:45 de la mañana; el reloj castigaba con la hora más tediosa y el sol insoportable no perdonaba a ningún cristiano que transitara sin protección, el rugir del estómago hacían que el vendedor de minutos no viera la hora de que fueran las doce para ir a almorzar, pero eso nunca ocurrió. Pasó mucho tiempo y el reloj seguía sin mover sus manecillas, cansado el hombre que vivía de venderle minutos a la gente decidió empezar a preguntar la hora, pero todos, le decían lo mismo: “Son las 11:45 mi brother”.
Desde el 5 de diciembre a las 11:45 de la mañana se habían desatado una serie de situaciones:
Uribe celebró, se había cumplido la hecatombe que lo haría permanecer en el poder, Chávez todavía está de fiesta pero no invitó a Uribe, los enfermos terminales siguieron con sus vidas y es normal verlos en Carrefour haciendo mercado, por su parte, los condenados a muerte viven esperando que el reloj nunca más vuelva a caminar. Por siempre siguió siendo de día y la misma hora, los niños ya no tenían que irse a acostar, así que jugaban hasta caer del cansancio, ya no había inseguridad debido a que no existían rincones oscuros, también las prostitutas abandonaron su trabajo nocturno y se hicieron ricas chantajeando a sus antiguos clientes a cambio de no revelar sus nombres.
No todos celebraron, ese mismo día Alberto Santofimio esperaba salir libre a las 12 Pm, un día después de haber sido declarado inocente, pero como el reloj se detuvo a las 11:45, esos 15 minutos se convirtieron en su cadena perpetua. El hombre de chaleco amarillo abandonó su empleo pues los minutos no pasaban así que no podía cobrar las llamadas, tiempo después emprendió un viaje hasta la Torre del Reloj en Cartagena, ya que había recordado que su padre le decía de niño que ese era el único reloj que no se atrasaba, pero al llegar y mirar la hora dijo entre dientes: “mi papá era un mentiroso”.
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