“Hoy, exhalando un suspiro puede concluir que he aprendido a besarte sin tocar tu boca, a desearte sin conocer tus formas, a sentir que llegas aunque no lo hagas, en conclusión he aprendido a amarte sin conocerte…”.
El teclear es suspendido por unos segundos, Adán toma el cigarro que encendido tiene en un cenicero al costado de la computadora, aspira con desespero como si así pudiera atragantarse la cura que le quitaría la maldita ansiedad que lo atraviesa entre pecho y espalda, luego, lo desecha lentamente, quedando inmerso en una borrosa nube de humo que lo enceguece por segundos.
Sus días no habían sido fáciles, Adán había perdido todo, y su todo era una sola pertenencia, Eva. Burlas se ganaban al caminar por sus nombres recordar aquella historia del comienzo de los tiempos, pero a ellos no les importaba, no frenaban su paso. Habían vivido mucho y hecho todo pero en concreto nunca fueron nada, nunca quisieron llamarse “novios” o “pareja”, no tocaron ese tema, pues eso les daba un distintivo que encerraría su relación en un concepto y el amor que decían tenerse no podía ser atado o encarcelado, para que así fuera siempre libre. Lo que nacía sin pretensiones, poco tendía que perder si terminaba sin explicaciones, poco pensaban en conceptos, en juicios de valor, en obligaciones, sólo se preocupaban por el segundo vivido, el sentimiento presente y por respirar el aroma que nada mas se creaba cuando ambos se juntaban.
Ella era delgada, zapatos tenis y alma citadina. Daba besos profundos pero suaves que siempre lo adormecían a tal punto de dejarle su corazón latiendo pasito. Poco se acordaba de su físico cuando la traía a su mente, no era lo que le importaba, prefería asociarla con lo que sentía al verla. Nunca le preguntó su edad ni donde había nacido, no era relevante, lo importante era quien era y no qué la había llevado a ser como era, para qué perder los minutos en eso, si había tanto por contar, tanto por sentir.
Inmerso en la nube de humo Adán no pudo evitar compararla con lo que fue Eva en sus días, el analgésico que creyó mataría su angustiante ansiedad, pero se le desvaneció en la cara poco a poco sin la mas mínima posibilidad de poder tocarla, ni abrazarla, ni despedirse de ella. Retoma su escritura y al teclear con fuerza apaga el silencio de la habitación:
“Hoy decidí imaginarme tu olor para cuando aparezcas pueda reconocerte así estés detrás de mi y ahí tocar tu hombro, sonreírte y decirte: te estaba esperando desde hace varios amaneceres, hace algunos ayeres, hace tantas vidas o quizá simplemente desde siempre…”.
Adán siempre había soñado con ser escritor y comer de sus letras, por eso, dejó a su padre y hermanos desde muy temprano pues sabía que la escritura en el campo deja tan pocos dividendos como un almacén "QuikSilver" en el Polo Norte. Su padre don Antonino García, era un campesino que a duras penas se comunicaba sin atropellar el idioma, pero en su interior era claro y lúcido como una bandeja de plata, no sabía leer ni mucho menos escribir, pero era un revolucionario innato que sabía que todo podía ser mejor. Nunca tomó un fusil, nuca gritó arengas en la plaza del pueblo buscando incitar a la gente a levantarse en contra de un estado corrupto que les negaba la educación y la salud; su única válvula de escape era la música. No tocaba ningún instrumento sólo interpretaba muy bien su silbido de manera muy afinada, pero, desde pequeño fue coleccionista de los grandes de la salsa. Los domingos luego de trabajar la tierra unas horas, se bañaba y cambiaba con su ropa mas formal, también vestía a sus cuatro hijos (entre ellos a Adán), sacaba a la puerta su viejo equipo de sonido de transistores, lo ponía en un volumen moderado para no espantar a las bestias de los establos y los sentaba alrededor de su mecedora a escucharlo silbar y tatarear las letras de los grandes maestros del género tropical: Celia cruz, Hector Lavoe, Willy Colón y en especial, al que más admiraba, el gran Rubén Blades, conocidos por muchos como: "El intelectual de la salsa". Don Antonino lo respetaba tanto por ser uno de los únicos cantantes populares que en la década de los ochentas con sus música apoyaron la moral de aquellos que sufrían las dictaduras en el centro y sur del continente, también por ser el creador de canciones que rescataban los valores familiares como “Amor y Control” y el amor por lo propio y lo no negociable como “Plástico”. Para él sus letras eran una manera de inculcarle a sus hijos los valores que creía necesarios para ser personas de bien, eso que según él son de esas cosas que no enseñan la escuela. Sentado en su mecedora de vez en cuando se le lograba ver una lagrima que rápidamente se perdía en las arrugas de se rostro mientras escuchaba temas como: “El padre Antonio”, “Desapariciones”, “Plantación adentro”, “Siembra”, “Maestra Vida”, y especialmente la canción de donde sale el nombre de su cuarto retoño: “Adán García”.
Adán fue por un pocillo de tinto y una caja de fósforos para encender el noveno cigarrillo de la noche, mientras, recordaba las palabras de su padre antes de tomar el bus que lo trajera a la tan idealizada capital: “Aquí tienes todo lo básico que necesitas para vivir, allá aprenderás el valor que tiene cada una de estas cosas. Algún día entenderás que soñaste con lo que no tenías y cuando lo tengas extrañarás las que dejaste caer de tus manos para recibir eso que buscabas. Si eso te llegara a suceder, tu viaje habrá sido todo un éxito, habrás aprendido el valor que tiene lo no negociable, lo que no se compra”, abrazó a su padre como si quisiera unir su cuerpo con el de él para así no tener que dejarlo, se montó en el bus y ya de eso han pasado 8 años, 5 empleos sin trascendencia en periódicos locales y 1 amor marchito que hoy lo tenía escribiendo de madrugada.
“Amarte ha sido idealizarte, no tenerte ha sido pensarte sin descanso, desearte mantiene mis pulmones inflados, pero el no estar a tu lado es el alfiler que amenaza con pincharlos...”
E-V-A, en esas tres letras cabía todo lo que él había soñado, sentía su estomago lleno cada día que despertaba y pensaba en ella, valió la pena salir de casa, dejar a papá solo, pasar hambre y todo tipo de necesidades para encontrarla, pero si hubiera sabido que su despedida lo dejaría peor de como estaba cuando la buscaba, seguro hubiera preferido seguir soñándola sin encontrarla.
Eva se fue al no sentir compromisos con Adán, eso que en su momento los unía los terminó separando, ella buscó otros atardeceres mientras él seguía pensando que era su único sol, así como nunca comenzaron una relación como tal, nunca la terminaron, un día cualquiera fue a buscarla y ella ya no estaba, se fue, simplemente se fue, se llevó consigo hasta lo que llenaba su estómago cuando la pensaba, por eso reía con algo de sarcasmo a solas, pues le quitó hasta lo que estaba en su interior.
Recordó tiempo después la vio caminar de la mano de alguien y aunque quiso sentirse mal no pudo porque la Eva que amó ya no existía, era otra, no sintió lo mismo, no volvió la pesadez a su estómago, fue como ver a una desconocida, tenía un aire, pero no era ella. La que Adán amaba se parecía más a esa mujer a la que le escribía en esta noche, esa que vivía en su recuerdo, la que veía era la Eva de otra persona no la de él, la saludó y aunque ella quiso hablar un rato, él prefirió prometerle un café que de antemano sabía nunca llegaría.
“A veces prefiero no encontrarte, dejarte tal cual te tengo en mi cabeza, te visito cuando quiero y me amas de la misma manera que yo te amo a ti, sin presiones, ni arrugas, ni los ademanes del mañana.
No te amo a ti, amo al recuerdo que hice de ti”
Terminando de escribir, dio “click” en “Guardar como”, pensó en un nombre y solo se le ocurrió “Mi Eva”. Recordó la canción que su padre silbaba cada vez que lo veía llegar a casa cada diciembre, “Adán García”, decidió ponerla en su equipo de sonido a un volumen moderado para no despertar a sus vecinos que aún dormían. La repitió sin descanso mientras daba sorbos al tinto ya algo frio. Se sentó en la mecedora, rasgó la cabeza de un fosforo contra la pared para encender el último cigarro de la cajetilla mientras repetía el coro de la canción en su cabeza como eco en apartamento desocupado:
“Esto se acabo vida, la ilusión se fue viaja, el tiempo es mi enemigo. En vez de vivir con miedo, prefiero morir sonriendo, con el recuerdo vivo…”
De sus ojos brotaron un par de lagrimas iguales a las de su padre, la escena era idéntica a la de Don Antonino los domingos rodeado de sus hijos mientras se mecía, lo único que la diferenciaba era que él estaba completamente solo. Adán recordó lo que le dijo antes de que se montara en el bus, no lo había entendido bien hasta ese momento mientras se mecía de manera repetitiva y lenta. Evocó ese último abrazo y sintió que era lo que podía llenar el vacío de su estómago. No pudo evitar compararse con el protagonista de la canción y decidió de igual manera tomar una decisión desesperada, sintió la necesidad de “no vivir con miedo si no de morir sonriendo con el recuerdo vivo”, para eso debía: volver a su casa, abrazar a su padre, dejar el cigarrillo maldito vicio citadino y llevar consigo a su Eva, su único equipaje.