lunes, 2 de noviembre de 2009

El Paseante: "My sweet fifty"

Mis zapatos se hundían en la profundidad del amorfo barro que abundaba en aquella alejada trocha, seguro la habían hecho los campesinos que venían desde lejos con sus mulas para conseguir el pasto fresco que se ve en la cima de aquella montaña. Caminaba sin rumbo alguno, estaba vestido con un traje de tres mil quinientos dólares, un Rolex con incrustaciones de diamantes y una corbata Oscar de la Renta que había comprado en algún almacén de la capital del mundo. Era todo lo que había soñado para mi vida, todo por lo que había luchado, ser un abogado con prestigio, tener un departamento lleno de lujos, unos hijos con rasgos europeos que borraran mi ascendencia tercermundista y una esposa con una belleza envidiable. Gozaba de privilegios que solo el dinero puede brindar, pero la verdad, no era feliz, luché por ser diferente y en esa búsqueda lo que hice fue salir de una inmenso costal para meterme en otro aún mas grande. Aquí me encontraba en un paraje desierto un día antes de cumplir 50 años, asqueado de mi vida, si brújula, sin destino, necesitaba caminar para pensar y la ciudad se me hizo pequeña.

Luego de andar por más de dos horas a lo lejos vi una casa, aunque vacié por unos segundos, decidí dirigirme a la puerta tentado por la vocecilla de mi conciencia que no dejaba de retumbar sin tregua por las paredes de mi cabeza, hace muchos años no la escuchaba manifestarse, es más, debió quedar disfonica de tanto gritar.
Al llegar detallo la casa con más calma; era de madera, tenía 2 pisos y un columpio carcomido por el oxido que se movía sorpresivamente gracias al impredecible antojo del viento. Al acercarme lo suficiente noté que en sus tiempos de uso había sido blanca, debió ser muy bella, me recordaba a la casa donde pasé parte de mi niñez junto a mis abuelos, cuántos sueños nacieron en esa época, muchos, sueños que fueron sepultados uno a uno cuando crecí y mis zapatos de niño empezaron a tallar mis pies de adulto, en la misma época en que mi conciencia quedó sin voz, más o menos en el instante en el que decidí cambiar del costal de los pobres para entrar en el de los ricos.


Toqué la puerta esperando encontrar a alguien que me brindara un vaso con agua, la larga caminata había gastado mis reservas, al no recibir repuesta volví a hacerlo pero nada cambió. Pensé que estaba deshabitada aunque no perdía las esperanzas de calmar mi sed, así que acerqué uno de mis oídos a la puerta para ver si escuchaba algo, sentí unos pasos, pero no, eran los latidos de mi corazón que se estrellaban fuertemente contra mis costillas. Tragué un poco de espesa saliva, me volteé algo desilusionado para marcharme a seguir el sendero que me había llevado hasta ahí, pero algo me detuvo, antes de emprender mi camino escuché un murmullo, la vocecilla de mi conciencia volvió a encenderse pero con más fuerza, lo que la primera vez había sido una petición ahora era una orden, decidí hacerle caso, la puerta estaba sin seguro así que entré sigilosamente dejando una estela de barro que se desprendía de mis zapatos, la evidencia del primer delito que cometía en mi vida. Llegué a la sala en la que inmóviles reposaban los muebles debajo de una densa capa de polvo, parecía que quienes la habitaron salieron un día rápidamente para más nunca volver. El murmullo se hacía cada vez más fuerte y pude identificar su género, era la voz de un hombre que exteriorizaba sus pensamientos en un débil susurro, al llegar al comedor lo pude ver, estaba al lado de una ventana forrada en telarañas, se veía impoluto caminando esquizofrénicamente sin salir de una deshilachada alfombra de no más de cuatro pasos de extensión, decía para sí mismo:

“Pocas palabras palpa mi lengua por minuto. Poco pasa por mi pobre‏ pensamiento paupérrimo. Pido paciencia pues he pecado por amar promiscua y profundamente a la puta plata”


Inmóvil empecé a detallarlo, tenía un espeso pelo lacio, con una raya extremadamente derecha que dividía su negro cabello en dos partes iguales, estaba vestido con un traje de paño color gris milimétricamente arreglado y unos zapatos negros de charol que brillaban con el mínimo destello de luz que lograba colarse por la cutrosa ventana.

Sin voltear el hombre de la alfombra, alzó un poco más la voz y dejó de hablar para sí mismo y dijo con firmeza:

“Pasos pesados pasean a mí alrededor, pisa fuerte paseante puedes partir tus piernas pues el piso está tan poco pulcro como esta puerca ventana. … Y por favor no pienses en los placeres pasados, piensa pasito, pues tus pesadillas las percibo como propias. Piensa pasito, tus pensares perturban mi paseo por este pedazo de alfombra“. Luego empezó de nuevo a susurrar pero ahora con un visible dejo de reproche a sí mismo: “Pocas palabras palpa mi lengua por minuto. Poco pasa por mi pobre‏ pensamiento paupérrimo. Pido paciencia pues he pecado por amar promiscua y profundamente a la puta plata”.

Decidí dejar la casa, el desquiciado sujeto aunque no parecía ser peligroso no salía de aquellas palabras que repetía cada vez con un sentimiento más profundo, lentamente moví mi pie derecho y en ese momento se volvió a referir a mí:

“Pierde el miedo paseante, penetraste mi espacio perpetuo, seguro piensas en alguna pregunta que pretendes que te conteste”

No presté atención a su petición, así que decidí seguir mi camino pero no pude completar dos pasos cuando el hombre, paró de caminar y mirándome a los ojos por primera vez me dijo en tono conciliador:

-“Piensas superfluamente tus pasos paseante, tu peregrinar parece carecer de sentido”
- “¿Cómo sabe que camino sin rumbo?“
A lo que contestó dejando escapar una leve sonrisa:
-“Puercos pares de zapatos posees peregrino, poca apropiada pinta vistes para pasear por aquí, por eso puedo probar tu proceder”.
-“¿Por qué abusa de las “Pes” para hablar?”
-“¿Por qué paseas sin pensar? Si tu pasear no posee un domicilio ¿Por qué me preguntas por mis palabras? Yo también puedo no poseer una respuesta, pregúntate primero a ti el por qué de tu peregrinar y así contestarás el por qué de mis repetitivas “Pes” ”.

El silencio penetró a la vieja casa, el chillido del oxidado columpio pareció cesar y por segundos miré al sujeto que sin conocerme me cuestionaba como nadie en la vida se atrevía a hacerlo. Me acerqué y me presenté:
- “Mucho gusto yo soy….”
- “Antonio Cáceres, un placer poder platicar contigo paseante”
- “¿Por qué sabe mi nombre?”
- “¿Por qué preguntas pendejadas? Percibo tus pensamientos peregrino, pertenezco a tus podredumbres internas.”
- “Ok, ahora va decirme que no es real.”
- “Paseante, soy precisamente lo que querías para ti, por lo que peleaste, soy todo lo que pretendiste ser. Pasa a la alfombra, ven, pasea conmigo”

Caminé hasta la alfombra, él agarró una de mis manos y con cautela me pidió que nos sentáramos mirando hacia la ventana.

- “Prosigue, cuéntame ¿Por qué paseas paseante?”
- “Porque me aburrí del mismo desayuno de todos los días”
- “La repetición puede hacerle perder el juicio a cualquier cristiano”
- “Desde que me casé hace 13 años, todos los días desayuno: 2 huevos, dos peras, 2 tostadas y dos tipos de jugos, uno acido al comienzo y al final uno dulce, luego mis 2 hijos se despiden de mí y me voy a trabajar ¿Por qué tiene que ser dos de cada cosa? ¡Maldita sea! el equilibrio me desequilibra.
- Platícame de tu preciosa pareja.
- “Mette-Marit, mi bella mujer es de ascendencia holandesa, vivirá conmigo mientras yo sea quien le sostenga su castillo de apariencias, si eso sigue pasando ella seguirá prostituyéndose por el estrato que le brindo. Siempre he sabido que no me ama, antes que tuviera con que comprar esta maldita ropa, no me miraba si no era para despreciarme y lanzarme improperios por ser de piel morena, siempre pensé que con el tiempo me amaría, pero lo que descubrí con los años es que nunca yo la había amado, amaba lo que la gente pensaba de mi por estar con una mujer como ella. Desde que nos casamos todos los días desayuno ese maldito menú, en el mismo orden: 2 huevos, dos peras, 2 tostadas y dos tipos de jugos, uno acido al comienzo y otro dulce al final”
- “¿Y tu par de pequeños?”
- “Hoy cuando se despedían noté que no tenían ningún rasgo mío. Soñé con tener hijos de piel clara, así tendrían mejores oportunidades en este mundo de pieles delicadas donde ser negro parece ser un crimen, por eso quería que ellos fueran de tez casi transparente que cuando el sol los tocara se pudiera ver el mapa de sus venas”
- ”Por qué tanta prosopopeya para hablar peregrino, tú esencia es sencilla, pura, tu vocabulario pretende discrepar con eso ¿Me intestas engañar? También noto que te cuestionas por todo, a veces preguntar poco puede asegurar tu felicidad en este mundo de apariencias, pues saber la pura verdad puede llevarte a perder la potestad de tu cabeza”.

La pulcritud de los zapatos de charol me distrajeron, en ese momento las mascaras que sostenía con tanto esfuerzo se cayeron estrepitosamente produciéndome un gran alivio, mi sentido común dormía plácidamente anestesiado por la absurda escena que vivía en ese instante. Volví en mí y sentí la necesidad de saber a quién le hablaba de mi familia con total franqueza.

- “Por favor háblame de ti”
- “Nacimos el mismo día un 2 de septiembre, crecí en las paredes de tu cabeza, primero aconsejándote, luego hablándote y por último gritándote. Cuando perdí mi voz desesperado emprendí al igual que tu un paseo sin destino, conocí tus entrañas, tu estómago, tu corazón y por último llegue a tu esponjoso intestino, anduve por ese accidentado terreno hasta que la sed me llevó a volver a mi lugar de partida. Al llegar, unté tu cabeza con los residuos de aquella travesía que se resistían a abandonar mis botas. Al llegar nada era como antes, todo era un caos, pero no era como el de tus intestinos, pues era causado por un ensordecedor silencio producto de tu vida perfecta llena de logros y privilegios, me resigné y me convertí en una conciencia viciada por el entorno, adquirí tu realidad como modelo de felicidad, empecé a sentir placer al ganar dinero y al despertar envidia en los demás. Teñí mi piel oscura hasta volverla tan pálida como la palpas ahora y me volví obsesivo, con el tiempo mi cárcel fue esta alfombra que tu confeccionaste para mí, la suciedad me aturdía así que decidí no salir de ella jamás, tu modelo de felicidad caminante es tu alfombra, hoy cansado de ser “feliz” has salido de ella, has decidido volver a escucharme y aquí estamos los dos, viendo una ventana que se desarma a pedazos curtida por el mugre, hablando de una situación que desafía a la realidad y el juicio de cualquier ser humano.”

Por unos minutos miré la ventana como esperando comprender sus palabras que podía verlas revolotear en el aire como mariposas:
- “¿Qué pasó con las “Pes”? ¡PUTA MADRE! estoy pensando parecido a ti”

- “Si la alfombra era mi cárcel las “Pes” eran los barrotes, y tú hoy los destruiste, pues eran paradigmas que flagelaban tu verdadero sentir. Mírate, das asco, apestas y has estropeado tu costosa ropa y no parece importarte, hace rato no te sentías tan a gusto contigo mismo ¿verdad?


Salí de la casa a eso de las doce del medio día, lo noté porque es la hora en que huyendo de los rayos del sol las sombras se esconden bajo las suelas de los zapatos, sentí la molestia que me producía mi reloj a mi muñeca izquierda, noté lo inútil que era, su peso era equivalente a cada kilo que pesaba mi prepotencia, lo quité con rabia y lo boté apuntando al pasto verde de la montaña esperando más nunca volver a verlo. De camino a casa mi sentido común empezó a despertar aturdido como si hubiera salido de una intervención quirúrgica, empecé a sentir la necesidad de volver a mi mundo “feliz”, Mette-Marit seguramente me esperaría con el desayuno servido utilizando su mejor cara de preocupación, mis hijos deben estar por llegar del colegio y yo por siempre me negaré a mi mismo lo innegable que fue lo sucedido, en el costal al que pertenezco solo viven los cuerdos y los sanos.

Llegué a la puerta de mi casa sabiendo lo que encontraría al girar la perilla, mi querida mujer había organizado un asado igual que todos los años, mis amigos del costal de los ricos estarían allá, puedo predecir lo que ocurrirá, luego de sorprenderse de mi andrajosa pinta me darán abrazos fuertes donde tocarán sus pechos con el mío acompañado de palmaditas en la espalda, me dirán cuanto me parecían, se embriagarán acosta mía y luego de comer hasta cansar sus mandíbulas se irán a sus casas pensando que me hicieron feliz, creyendo que en realidad los aprecio.
Un último suspiro y abrí la puerta:
- “SORPRESA”


Dedicado a la inmortal memoria del dueño de tus pijamas Paloma.

1 comentario:

Luk-z dijo...

Dani, quiero felicitarte por ese cuento, es muy difícil lograr algo como lo que hiciste, me gustó mucho el juego de palabras y creo que lo hiciste muy bien! Nunca dejes de escribir!
Creo que debes dejarlo descanzar y en unos días volverlo a revisar pues hay que hacerle algunas correcciones de gramática y tildes, pero son mínimas, son cosas que se nos pasan y a veces no vemos cuando leemos algo en lo que venimos trabajando tanto tiempo.
Para serte sincera, el final no me convence, pero tampoco se me ocurreo que otro final pudiese tener. Pero en general me gusta mucho, creo que es un muy buen texto. De verdad te felicito y me alegra mucho poder leerte.
Un abrazo fuerte!