Por: Daniel Bacca.
17 de octubre de 2008.
Hace algún tiempo, nació una palmera, era una minúscula planta que no sobrepasaba la altura de tres dedos meñiques. Poco a poco fue creciendo, se hizo señorita y antes que pudiera notarlo había procreado a su primer coco. Este, era muy verde, le recordaba a la palmera la época en que su madre también había sido señorita y la había engendrado, por eso lo sostenía con fortaleza evitando que el cruel viento se lo arrebatara de las manos. Llegó el día en que el coco fue muy pesado y aunque la madre intentó sostenerlo, perdió la batalla con el viento y con un ligero soplido se desprendió, la madre lo despidió moviendo sus palmas embriagadas de impotencia.
El hippie que vende artesanías a pie por la ciudad, acostumbra de vez en cuando irse a fumar un porro en el Parque Tayrona. Como es un hombre solitario, no necesita la aprobación de nadie para irse en el momento que se le antoje, así que empacó una hamaca, dos “mochos”, un calzoncillo, dos latas de atún y un tabaco, luego, tomó un bus de la Carolina para que lo llevara a la terminal y otro que lo dejó a puertas del de la reserva natural. El viaje dejó exhausto al incansable caminante, él era consiente que ese viaje tenía nombre y apellido, su ex pareja lo había dejado por un repartidor de tintos, pues pensaba que con él iba a tener una vida mas estable y seria.
El día sucumbió ante la noche, esa en particular era muy cruel para el caminante, pues la oscuridad le producía la misma sensación que tener los ojos cerrados cosa que detestaba, pues a su cabeza se le venía la imagen de la traicionera mujer, por ese motivo juró no volver a cerrar los ojos sin importar que la brisa soplara con rigor, por eso en medio de ese fastidio, decidió que no podía seguir caminando, no colgó la hamaca si no que se recostó donde pudo a fumarse su único porro.
La noche se despedía y la madrugada sorprendió el hombre de poco equipaje recostado a una palmera con medio porro en la mano y las piernas desparpajadas llenas de arena.
El coco cayó, se secó de tanto llorar a su madre y murió, ese pudo haber sido su final pero no. Al caer fue amortiguado por la cabeza del caminante, despertándolo de inmediato con un dolor de cabeza tan fuerte como un guayabo de José Cuervo, por varias horas observó el proyectil, hasta que en medio del dolor, se le ocurrió prender el medio porro que le quedaba pues era lo mas parecido a un analgesico que tenía, por un largo rato no dejó de observanlo hasta que entendió su trajedia y comprendió luego de un suspiro y una sonrisa, que simplemente su ex amor era una puta.
Y esa es la historia del coco de donde fueron esculpidos nuestros anillos de compromiso, ese hippie me la contó y no dudé en comprarlos.
1 comentario:
No todos tenemos las mismas habilidades y eso es realmente lo que nos hace interesantes. Además de ser un gran hombre, eres una mente llena de emociones y sentimientos que necesitan se expresados. Éste es quizás una excelente forma de hacerlo, nunca pero nunca dejes de escribir porque no sabes a quién le puedes sacar una sonrisa, o un respiro en su vida al leer lo que tu haces.
Te quiero mucho.
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